• Cronicas porcinas

LAS CALLES DEL MIEDO

* por Lucas Manjon


-¿Qué harías si no tuvieras miedo?


-Volvería a ser quien era antes del dolor. Solo se tiene miedo a lo conocido, lo desconocido solo genera intriga. Ya conocí el dolor y el dolor deja miedo.


De madrugada, la calle Lormand tiende a congelar el rocío de la noche en sus adoquines y veredas no diferenciadas entre sí por los comunes cordones, sino por un simple cambio de modelos de adoquines. Habían doblado en Lormand después de caminar varias cuadras por Víctor Hugo.


Una óptica, un local de venta de ropa juvenil y unisex (a simple vista no parecían tener talles grandes), uno de productos orgánicos sin ningún conservante químico, una zapatería con toda su mercadería usada, otro local de ropa pero en este caso solo de mujer y formal (tampoco parecían tener talles grandes), frente a éste una casa de productos electrónicos, la agencia de viajes Thomas Cook, y nuevamente una zapatería (puede llegar a ser la calle con más zapaterías de todo Francia). Enfrente otra zapatería más, seguida por un local “Benetton” ubicado, a su vez, al lado de una sucursal del Credit Lyonnais, más conocido como LCL, que antecede a las arcadas de la joyería Brillaxis y se convierten en el vértice de la calle Lormand y Port Neuf.


Eran varias cuadras las que habían caminado el orfebre y el mentalista. Entre las tantas actividades que llegaban a ser habituales por parte del mentalista se contaban las de coleccionar objetos miniaturas, comer tres cucharadas de dulce de mora al despertarse, colocarse una almohada en la espalda al momento de acostarse, sea a la noche o en cualquier momento del día, y caminar día por medio hasta la Rue Douer donde se encontraba la capilla de Aquitania.


En la puerta de la capilla el orfebre se había topado con el mentalista. No era habitual que tomara esa calle para emprender la vuelta a su casa después de las jornadas de trabajo en el taller. Generalmente caminaba por la calle Abesque, con su delantal de cuero marrón, la camisa blanca con finas rayas azul marino, el pantalón de vestir negro sujetado con un cinturón de cuero del mismo color con una hebilla forjada en oro con las iniciales AR, y los mocasines negros sin medias. Así iba hasta Prébendes, calle que casi no necesitaba los típicos faroles con luz naranja de Bayonne ya que daba al frente de la Cathedrale Saint Marie, que con su interminable cantidad de luces convertía al cielo en un atardecer en llamas cada vez que alguien intentaba mirar hacia las estrellas.


Desde la catedral eran unos 250 metros, que llegaban a ser 276 pasos generalmente hasta la estrecha calle Orbe. Allí podía observar su trabajo, mezclado entre relojes Cartier, Luminox, Swiss y otras marcas más. Esas piezas que sólo eran minerales antes de pasar por la seducción y suavidad de sus manos y que, junto a los martillos y cinceles, eran el elemento fundamental para lograr objetos que los grandes burgueses comprarían a precios exorbitantes sin entender el verdadero carácter que le debían dar. Exhalaba resignación, observaba sus creaciones junto a productos de fabricación industrial. Además de ver el precio con el que se vendían sus obras sabiendo lo que cobraba por hacerlas, solo le quedaba exhalar, exhalar y exhalar.


Desde la quimera de sus sueños en finas cajas acolchonadas, caminaba cruzando la Monnaie y la Gardin hasta llegar a la calle Víctor Hugo y de allí derecho hasta Lormand.  No existía más que un saludo ocasional entre el orfebre y el mentalista pero ese día fue particular. El mentalista estuvo poco tiempo degustando un Gauloises y mirando las paredes rusticas del poco yeso de antaño que todavía quedaba en el exterior de la capilla. Generalmente terminaba el cilindro rubio entre sus labios, sentado en el cordón, con el resto del paquete en la chistera. Esa noche, caminó con el cigarrillo entre sus labios por la Avenue du 11 Novembre 1918, sobre la vereda que surca los terrenos militares emplazados en Bayonne. Al llegar a la esquina de la Rue Douer, desde el otro lado de la calle, vio el delantal de cuero marrón, la camisa blanca con finas rayas azul marino, el pantalón de vestir negro sujetado con un cinturón de cuero negro con una hebilla forjada en oro con las iniciales AR, y los mocasines también negros sin medias.


Vio cómo un hombre exhalaba resignación, cómo observaba joyas junto a productos de fabricación industrial. Lo veía exhalar, exhalar y exhalar. Al reconocerlo y verlo con el alma en esa postura, decidió acercarse. Se colocó detrás del orfebre y sin notarlo comenzó a observar las joyas en la vidriera. El orfebre notó su presencia y se dio vuelta.


RUE ORBE


-¿Hace mucho que estás? –preguntó el orfebre.


-24 años diría mi madre, 20 diría yo y 10 segundos que es lo que te interesa a vos –respondió el mentalista. ¿Son tuyas? –dijo refiriéndose a las joyas elegantemente expuestas en la vidriera.


-Eran. Generalmente las cosas pasan de mano en mano y terminan siendo del que tiene dinero.


-¿Por qué las perdiste?


-En realidad nunca fueron mías –el orfebre se dio vuelta y por primera vez en lo que iba de la charla agachó la vista para ver el metro cincuenta del mentalista.


-Las piedras son del dueño de la joyería –dijo el orfebre mientas el mentalista estiraba el cuello para mirar hacia la joyería –yo solo las paso por mis manos y les doy forma.


El joyero comenzó a caminar lentamente por la Rue Douer y el mentalista a su lado mientras sacaba otro Gauloises y lo colocaba sobre su oreja.


-¿Qué haces que no las recuperas? Esas joyas sin tus manos solo serían piedras, quienes las pagan no podrían reconocer entre cobre y oro si tu mano no las creara.


-No habría forma de que yo pudiera acceder a esas piedras, con todos mis ahorros solo dispondría de algunos gramos de oro y no habría forma de venderlo ¿Qué podría hacer?


– Preguntó con cierto tono de resignación – ¿Llevar a los clientes a mi casa? El arte no se vende en un mono ambiente.


El mentalista tomó el cigarrillo que había guardado en su oreja, sacó un encendedor a bencina de su chistera y lo encendió con una larga pitada y exhalando hacia el cielo, intentando que el humo envolviera las estrellas. El orfebre detuvo el caminar y apoyó suavemente la mano sobre el brazo del mentalista que también detuvo su marcha y le dijo: -¿Son Gauloises? ¿Me convidas uno?


El mentalista sacudió el paquete de cigarrillos y logró que asomara un filtro. El orfebre lo tomó y lo colocó en sus labios, y el mentalista acercó el encendedor con una llama media hasta el cigarrillo en la boca del orfebre, quien con la primera pitada empezó a toser.


-Hace mucho de esto, 15 años fue el último. La única marca que conozco es Gauloises.


-¿Tanto años y por qué ahora? – preguntó el mentalista.


-Porque fue el momento en que el miedo comenzó a marcarme. En tan solo un año, el miedo puede cambiar la vida de un hombre, en tan solo un día, en una hora o un segundo el miedo puede convertirse en el guía de tu destino.


-¿Hace quince años te marcó el miedo? – era la segunda pitada del cigarrillo que el mentalista apretaba en los labios.


-Me marcó hace 15 años y me di cuenta de lo que hace el miedo hace 20 segundos. 


El orfebre sintió en carne y alma cuando el mentalista le había dicho que recupere sus piedras, que la verdadera belleza de esas joyas era su trabajo. Hace quince años tuvo la oportunidad de que sus manos trabajasen por cuenta propia. Había logrado una buena posición económica, el precio del oro había bajado, su juventud lo impulsaba a cualquier desafío, el miedo todavía no hacía estragos en su carne, pero la salud de su compañera no era buena, una enfermedad generada en las células epiteliales, con una extensión mayor que no pudo ser controlada en el tiempo, logró dar comienzo al miedo que marcó su destino. La necesidad de brindar seguridad logró esa estabilidad económica por la que llegó a valorizar por hora el arte de sus manos. La partida a la Luna de su compañera, el abrazo abrumador de la soledad, la pérdida de la libertad en su arte y oficio, lograron dar lugar al dolor, producto del conducido miedo.


El orfebre sentía el humo en el pulmón ante cada pitada, humo que en cada rincón abrazaba todos los rincones, una comezón se generalizaba en todas las extremidades del cuerpo; caminaba a la par del mentalista que ya terminaba su Gauloises. Éste lo sacó de sus labios, lo tiró sobre los adoquines, lo pisó y se detuvo mirando al orfebre.


-El tiempo ya jugó su pasada contigo, ya tomó tus minutos, horas y segundos y los detuvo en un limbo al que nunca jamás pudiste volver a acceder ¿Cuánto más vas a esperar para tomar las riendas de tu arte nuevamente? Eso es algo que nadie va a poder sacarte, sea oro, plata, cobre o piedra; eso que hacen tus manos, nunca podrás dejar de hacerlo. No entregues lo que nunca podrán robarte.


RUE VICTOR HUGO


El mozo en patas de Le Cardinal, levantaba las mesas mientras su compañero tiraba baldes de agua en interior del local. El encargado del bar, detrás de la barra hacía la caja del día, separando los billetes en pilones de cinco, diez, cincuenta y cien; las monedas quedaban en la caja registradora. El cocinero se asomaba con cuatro porrones de cerveza Trois – Monts a la barra del bar, mientras llamaba con un chiflido al mozo que estaba en patas en la calle y que saludaba el paso del mentalista y el orfebre.


-¿Quién te está esperando ahora? – preguntó al mentalista.


-Nadie, hace poco decidí alquilar mi casa y me mudé al centro, a un departamento. Estoy pensando en comprar unos peces, pero me costaría dejarlos solos tanto tiempo.


-¿Te preocupas por la soledad de unos peces y ahora llegas para estar solo? No entiendo –preguntó el mentalista mientras saludaba al mozo que ingresaba para tomar una cerveza.


El orfebre todavía seguía sosteniendo en la mano el filtro de lo que fue su primer cigarrillo después de quince años. Lo miraba, lo hacía girar en sus yemas, lo apretaba en sus puntas y lo volvía a hacer girar en sus yemas.


-Mirá este cigarrillo, 15 años del anterior ¿Sabes por qué éste es especial? Porque ya conocí el placer y el dolor del anterior, hace ya quince años, y me tomó quince años consentir que ahora es solo placer. Con la soledad es lo mismo. Llega por momentos de dolor y se convierte en placer, y el dolor tiene más facilidad para quedarse porque deja miedo.


El orfebre tiró el cigarrillo hacia adelante impulsándolo con el dedo índice y el pulgar. El frío comenzaba a sentirse cada vez más. Pensaba en el mozo que estaba descalzo guardando las mesas y las sillas del bar, también pensaba que dentro del local debía hacer calor, por eso podía tomar la cerveza y estar con los pies al aire libre. Se dio vuelta, miró hacia el bar y solo vio sombras que se movían dentro de él.


-¿Podés hacer dos veces la misma joya? Digo ¿Repetir exactamente lo que hiciste alguna vez?


-No, es imposible. Cualquier creación del arte tiene su detalle, hasta los que son pedidos especiales. Cada cosa que se hace depende de todo: de uno, del contexto, del clima, del aire. Todo nutre para hacer algo que se ama.


-¿Y entonces? ¿Por qué no creas algo nuevo? –le dijo el mentalista con un tono extremadamente irónico.


-Creo cuando me lo piden, no puedo hacer joyas en cualquier momento.


-Yo hablaba de tu soledad, no de las joyas –la ironía dejó paso a la extrema sinceridad.


-El dolor que dejó miedo no se cambia de un día para otro, ni de quince años para treinta. Dame un cigarrillo.


El mentalista sacudió el paquete de cigarrillos y logró que asomara un filtro. El orfebre lo tomó, lo colocó en sus labios y el mentalista acercó el encendedor con una llama media hasta el cigarrillo en la boca del orfebre, quien con la primera pitada ya no tosió y verdaderamente disfrutó.


-Cuando se fue a acompañar a la Luna, me dejó el miedo y el dolor de alcanzar abruptamente la soledad y de esas experiencias no se retorna.


El orfebre se detuvo, miró la Luna y luego al mentalista, quien le preguntó.


-¿Qué harías si no tuvieras miedo?


-Volvería a ser quien era antes del dolor. Solo se tiene miedo a lo conocido, lo desconocido solo genera intriga. Ya conocí el dolor y el dolor deja miedo.


El mentalista sonrió, se sacó su chistera y se la colocó al orfebre.


-A éste segundo nuevo cigarrillo tu cuerpo no lo rechazó, con el solo hecho de buscar el placer del momento, el cuerpo y el alma se te acostumbraron. Tal vez deberías transpolar ese intento a la soledad. Es un esfuerzo del espíritu muy grande, pero deberías intentar.


El mentalista y el orfebre llegaron a Lormand, la calle que tiende a congelar el rocío de la noche en sus adoquines y veredas no diferenciadas entre sí por los comunes cordones, sino por un simple cambio de modelos de adoquines. La Luna y las nubes acompañaban ese caminar, siendo veedoras y testigos de esa experiencia tan poco natural que es dejar el miedo a repetir la experiencia tan poco natural de olvidar la soledad.

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