• Cronicas porcinas

El capitalismo exige su libra de carne

*por Gisela De Lillo

Ensayo sobre sobre la necesidad de evitar el dolor y el precio de la “felicidad”.

La farmacopea de la felicidad y el mercado del deseo y de la belleza quirúrgicamente garantizada nos hacen pensar en el frágil continente de carne que constituimos, porque se nos presenta como una necesidad urgente apaciguar la angustia, eliminar la voluntad de no querer, mantener la permanente sonrisa de atención al cliente.


En la misteriosa relación entre naturaleza y tiempo el cuerpo permaneció inmutable, como museo de sí mismo, como un homenaje viviente, un acontecimiento de la creación, pero desde la revolución industrial y el estado de guerra omnipresente empezó a someterse a las pruebas de desgaste. Y fue allí que se comenzó a exigirle al cuerpo una mayor cuota de usura.  La experiencia cotidiana en la ciudad, la jornada de trabajo, los dramas familiares, la degradación social ¿Cómo nos amortiguamos ante esta vulneración organizada de la subjetividad que se construyó en la modernidad?


CON EL CUERPO.


Hace muchos años, mediante la religión, se preparaba al espíritu para no ceder ante la tentación; los guerreros y militantes eran disciplinados en su personalidad para pertrechar el alma y se los concientizaba para aprestar la personalidad ante el inevitable encuentro con el dolor. El cuerpo recibía los embates, pero el alma regulaba la desesperación, se trataba de tener "poder sobre sí".

Hoy, ante la experiencia del sufrimiento, ante el bombardeo psíquico y el desastre existencial que heredamos, se nos revela como síntoma la huida. El cuerpo recibe el dolor y no podemos administrarlo. Entra por todos los poros a la vez y necesitamos ayuda. Esto no fue siempre así, y no por indicar que todo pasado fue mejor, sino porque existieron y existen otras formas de ser de la existencia, del cuerpo. Cuando éste devino como el valor mercantil de mayor importancia, quedamos en jaque. Pero el mercado nos ofrece la píldora, el confort, la narcotización hogareña ante el mundo destemplado.


El acolchonamiento nos lo da la técnica. Hoy tenemos entretenimiento, juguetes electrónicos, saberes científicos, comodidades que nos encapsulan. Devenimos estadística para la industria farmacéutica y para los bancos, para los sindicatos y las obras sociales. Vivimos la lucha por la existencia.


¿Y LA FELICIDAD QUÉ?


La exigencia de felicidad hoy recae en impedir el deterioro del cuerpo y el desgaste cotidiano. La confianza en la ciencia y la fe en la utopía social de eliminar el dolor, de reducir el azar y la injusticia social, fracasó. Hoy ganó su lugar una expectativa cada vez mayor sobre las innovaciones científico-técnicas. Esto encierra una vieja y tan cierta idea de Trosky: "El mundo experimenta actualmente una agudización del desarrollo desigual y combinado entre moral y técnica". La insatisfacción sobre la forma del cuerpo y los valores deseables lo volvieron algo lícito de ser intervenido técnicamente.

Engatusar la muerte indefinidamente: la dieta saludable, el juvenilismo, el psicoanálisis y la metamorfosis de la cirugía, el transplante y la sofisticación cosmética. Su exposición constante. ¿Hasta dónde y para qué?

Mantener la performatividad emocional, mostrarse deseable y tener una sexualidad satisfactoria, actualizar las redes sociales, tener la sonrisa profesional. Desinhibición obligatoria. Este es el mandato social. Pero el fracaso del afán de sostenerlo es inevitable y naufragamos. Necesitamos entonces anestesiar la carne corrompida, el bajo autoestima, y para ello tenemos los servicios animantes y los mercados ya listos para darnos inyecciones de vida. No podemos no querer. Y este esfuerzo fatigoso se paga muy caro, el blindaje técnico se paga caro.

Lo que nos cuesta es nuestra libertad, que nos viene prefijada en las opciones que nos ofrece el mercado. Esta es otra de las caras de la reconstrucción de nuestro cuerpo. Ya a principios del siglo XXI las empresas de internet se centraron en la creación de relaciones intersubjetivas en contextos estandarizados. Una vida social cibernética donde la valoración, interpretación e identificación son productos prediseñados. Esto es lo que algunos llaman capitalismo afectivo, no aquel capitalismo de fábricas que generaba huelgas, sino uno que produce experiencia social y afectiva, donde la mediación técnica de la afectividad programa el comportamiento interpersonal.

De diferentes formas el capitalismo exige su libra de carne. Propiedad. ¿De quién es el material genético? ¿Desde cuándo existen los biomercados? La clonación. Selección genética de la descendencia. Empaquetamos la vida al vacío y ya no somos capaces de asombrarnos de que algo tan extraño como el cuerpo humano haya sucedido. Lujuria por el saber, vanidad pública y afán de lucro encajan uno en otro.

Nunca estamos más ajenos a nuestros cuerpos como cuando necesitamos que se intervenga sobre ellos desde su exterioridad. Precisamos recordar que la vida se define por su inesperabilidad y que las prácticas de modificación de la naturaleza exigen una respuesta política y ética. Necesitamos poder ver la continuidad histórica de las ideas y proyectos de perfectibilidad técnica de la vida y del cuerpo, y no pensarlo como un problema de autocomplacencia consigo mismo, de jurisprudencia, o de control del avance de la ciencia. Y para esto no tenemos que volvernos humanistas, podemos elegir hacer una “autopsia”, mirarnos con nuestros propios ojos. Es trágico, pero liberador. Hacernos de la idea de que el afecto real es el único sostén genuino en un mundo que nos destroza.


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