• Cronicas porcinas

Estimado señor Castro

* por Lucas Manjon

Me dirijo a usted con el mayor de los respetos, sabiendo que es un hombre de la historia, un hombre de la revolución, como así también un simple ciudadano cubano que merece el mayor de los respetos.

Me enteré de su muerte muy tarde en la noche, ya era 26 de noviembre. Sinceramente debo reconocer que no estuve pensando mucho en usted este ultimo tiempo. Debe saber muy bien que la situación mundial hace poner mucho el ojo en lo que estaba pasando con su vecino del norte, la situación en Siria; tampoco quiere decir que en mi país estamos muy bien, pero verdaderamente este último tiempo, esas dos situaciones que le conté fueron grandes distracciones. Igual se que no es justificativo, pero le pido disculpas, calculo que usted lo entenderá.


Quería contarle que empecé a conocer su vida cuando tenía 11 años. Lo había escuchado nombrar antes, pero a esa edad me interese particularmente por un compañero suyo que era argentino. Era un libro chiquito, de Hugo Gambini. En la tapa tenia la cara del argentino con un habano y con una sonrisa que mi mama siempre dijo que era encantadora. Leía sobre el, leía sobre lo aventurero que era, sobre cómo había llegado hasta México, como había estado con usted en Cuba y como después termino muerto en manos de los yanquis en Bolivia.


Lo primero que se me grabó en la mente de esas líneas fue el grito de Camilo. También me acuerdo cuando contaban que ni bien llegaron a Cuba no los recibieron de la mejor manera, pero que después de reencontrarse con el argentino usted le dijo que ya estaban más cerca de la revolución.


Nunca le había escrito a usted, tampoco hubiese sabido a donde mandarla y tampoco se si la recibiría. No quiero que esto sea una carta de despedida, usted es parte de la historia y eso significa que va a quedar para siempre. Solo quiero contarle que a través del argentino lo conocí, que leí su trabajo, su pasión y sus sueños: un país para todos, donde los más pobres tengan todo y los más ricos tengan que ayudar a los más pobres. Después de leer mucho sobre el argentino y sobre todo el trabajo que hicieron para liberar a su país, comencé por intentar entender lo que usted planteaba. Debo decirle que no todo lo que usted planteaba me pareció correcto, pero no podía dejar de leer e intentar entender porque sostenía lo que en muchos discursos decía o volcaba sobre un papel.


No voy a discutirle sus ideas o acciones, a la distancia ya me parecen una falta de respeto, sumado a que debería haberlo hecho mucho antes, pero si quiero contarle algo. Tanto lo que usted planteó, como lo que planteó el argentino, amigo y compañero, suyo se sostenía en algo que pocas personas están dispuestas a entregar; la vida.


Siempre que uno conversa con personas que tal vez intentan pasar el día a ida sin pensar en más que su existencia o la de los afectos más cercanos cuesta intentar transmitirles lo que usted y el argentino me transmitieron. A veces pienso que cuando uno estudia o intenta conocer la vida y particularmente la obra de personas como usted, el espíritu entra en movimiento pendular que va desde el narcisismo primario a la intentó estúpida de imitación regular. Con el tiempo y con la posible madurez que a veces los años dan, entendí que no debía intentar repetir ninguna historia, sino que debía involucrarme para escribirla y ser actor protagónico de la misma.


Quiero decirle que me dolió mucho su partida, siento que el mundo se vuelve cada vez más frío, que la avaricia y el desprecio va comiendo el planeta bocado a bocado y que usted no pueda estar acá pensando, organizando, defendiendo y después atacando me produce mucho miedo. Entiendo que peleo mucho tiempo, pero no puedo parar de reprochar al mundo (no puedo adherirle mi sentido de bronca a nadie particular) que usted ahora no está para ayudarnos. Ya le dije antes que lo que pasa en su vecino del norte, en Siria y en miles de regiones del planeta me preocupan muchísimo y el 26 de Noviembre comencé a sentirme un poco más solo.


No quiero que esta carta termine triste aunque toda trascendencia del alma por sobre el cuerpo generando cierto dejo de dolor. Quiero decirle que fue y sera una gran inspiración, que su conducta como la de muchos compañeros suyos (el argentino a la cabeza) son un gran motor de vida entre tantas tinieblas y que muchos trabajaremos con el cuerpo, con la sangre y el espíritu para esta sueño tan grande, de igualdad, de unidad y de sociedad se pueda hacer verdad.


Vaya mi enorme respeto a un hombre que admiro y que en parte fue contemporáneo a mi historia.


Hasta la victoria siempre.




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