• Cronicas porcinas

ÁNGELES Y DEMONIOS (corrientes)

* por Lucas Manjon

Había estado recorriendo la petit ville durante toda la tarde, el sol sobre el Nive se convertía en un farol gigante de luz naranja, de entre los que ya comenzaban a encenderse en las estrechas calles sin vereda. Las alpargatas blancas se cubrieron de polvo en varios sectores y el yute casi era invisible ante el desgaste que sufría con las intersecciones de los adoquines. Peor le iba ya al violín Stradella gastado, con ausencia de su barniz característico y con esas marcas en los bordes de tantos golpes surgidos cuando el violinista en raptos de emoción, giraba y olvidaba que estaba cerca de una pared.


El caminar desde el rió a la casa le permitía ver a la cara a la gente e intentar encontrar la coincidencia con la persona que imaginaba cuando las sol, mi y re (sus notas preferidas) eran tan profundas que no podía más que flotar en la oscuridad de los parpados cerrados y sentir solo la presencia de oyentes pasajeros.


El camino era típico, primero dejaba escondido su banco de postura detrás de un árbol sobre la “costanera” del Nive, más específicamente llamada Allée Boufflers y tomaba camino recto por la Rue Frederic Bastiat que después de 247 metros lo ubicaba en la puerta de entrada a su casa. Escondió el banco, reviso el estuche del Stradella que funcionaba a modo de caja registradora y se alegró de que verdaderamente no lo sea, ya que ese día terminaría debiendo mucho más de impuestos que cualquier ganancia que podía haber obtenido. No era el ánimo óptimo para llegar a la casa y sacarle el corcho a una botella de vino a medio tomar, lo cual lo llevo a decidir caminar por la ya nombrada “costanera”. Cruzo el Pont Saint Esprit y sin rumbo determinado gasto cada vez más el yute de las alpargatas pero sobre la “costanera rival” que específicamente se llamaba Quai Amiral Bergeret. El yute solo resistió hasta la intersección de la Rue Aristide Briand, lo obligo a detenerse, mirar los agujeros irreparables y pensar en entregárselas a modo de ofrenda al L´Adour. Se acercó a comprobar si podían flotar y comenzó a soñar que las corrientes marinas las depositaran en el Golfo de Vizcaya y con mucha más fortuna para los sueños sobre esas alpargatas, también terminarían en alguna región cercana de Brest, Quimper o Gran Bretaña; pero eso solo lo decidiría la fauna marina, las corrientes y obviamente la Luna, que es quien maneja las maneja a su gusto.

Al acompañar con la vista el baile de las alpargatas al compás del agua, en su retina se fijó la imagen de Neleya, que estaba sentada sobre los adoquines que abrazan al L´Adour.


Las alpargatas pasaron por delante de la pastelera y ninguno de los dos actores (alpargatas y pastelera) notó la presencia del uno y del otro, pero si Neleya había notado que el violinista se había sentado a su lado y comenzado a mirar el mismo vacío que ella observaba.


-Bonito ¿no? –preguntó Neleya.


-Ya lo he visto bastante, creo que día a día pierde la belleza.


-Nunca permitas eso, nunca dejes que lo hermoso y lo horrible pierdan su esencia ante tus ojos. –replico al instante y casi enojada Neleya.


-¿Qué podría pasar mujer si eso se me haría costumbre? –el violinista junto sus rodillas al pecho y apoyo su cabeza sobre ellas y comenzó a mirar a Neleya.


-Podrías perder el sentido de la vida, toma de ejemplo tu música. Siempre haces sonar las mismas notas, las puedes poner en distinto orden pero son siempre las mismas; Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si,las notas contaba con los dedos– y si aplicaras ese criterio del rio con tu música, las pocas monedas que juntas por día, no creas que no lo noto –mientras gira para mirar al violinista – pasaría a ser la nada misma en tu estuche, porque la gente le perdería la belleza a la música que sale de tus dedos, cuerdas y palito.


-Tal vez debería cambiar de instrumento, ya la gente ni siquiera nota que estoy ahí, por más que cambie el orden de las notas y sea un nuevo sonido cada día, la gente me toma como algo estático de Bayonne.


Neleya estiro las piernas y con la punta de los dedos comenzó a acariciar el agua, tomo la mano del violinista y comenzó a acariciar su palma.


-No dejes que el ambiente te absorba, tienes una esencia, un don que no sabría decirte si es por la biología o por algo celestial, pero toma esa esencia y hace del mundo de un lugar mejor. No entiendo cuando la gente va a esta catedral –señala la cúpula que se asoma del otro lado del rio como agujas perforando al cielo– buscando ángeles y demonios, una redención o una rendición; los ángeles como los demonios se encuentran en la calle y se pierden en los ríos.


-¿Y para que deberíamos buscarlos? –pregunto el violinista con la imagen fija en su retina de las agujas perforando el cielo, sin saber el sentido de las mismas.


-Un ser inmaterial reconforta a lo que cada uno puede, quiere y cree, es por su espíritu lo que cada uno necesita creer y buscar para llenarse, pero los “ángeles mensajeros” son materia pura, son sangre, carne y huesos. Tú te convertiste en un mensajero en cada do, re, fa combinado que llega al oído, tanto de ángeles como de demonios –Neleya gira a mirar al violinista, quien le devuelve una tierna mirada a los ojos de Neleya– ¿Sabes quiénes son los ángeles y quienes son los demonios?


-No –silaba que surge como un suspiro entre labios secos, apretados y con un compuesto de angustia tan determinante que se logra expulsar una parte en esa silaba y la otra dejarla alojada en el pecho.


-Tu eres un ángel, yo con mis manos en cada mañana demuestro ser un ángel, el pequeño de enfrente –por la costanera contraria caminaba chistera en mano el mentalista– es un hermoso ángel que intenta todo el día trasmitir pensamientos que los ángeles y los demonios a veces no tienen, pero él los inventa, para creer que todos somos ángeles. El amor y el horror son pensamientos intransferibles y generales a los ángeles y los demonios. En el amor y en el horror se logran diferenciar estos. En el amor a las cosas que creas, admiras, en los otros, en las otras, en cada suspiro de pulmón que logra toparse como más aire, en la vida misma, en el instante en donde realmente sientes el amor, te conviertes en un ángel, y cuando ante cada injusticia, ante el dolor de cualquier persona y donde ese dolor te pega en el pecho, como ese suspiro que todavía tienes guardado –mientras apoya su mano en el pecho del violinista- si ese dolor no se vuelve tuyo y no sientes horror por eso, te conviertes en un demonio.


-Sería más fácil conocer a los ángeles si todos ellos llevaran alas –el violista logra sacar en esa oración la parte de suspiro alojada en el pecho que quedaba.


-No necesitas eso, solo observa, ama y siente el horror; los ángeles son de sangre, carne y hueso y vas a poder reconocerlos. Solo tienes que mirar en la noche, en su etapa más oscura, que siempre los ángeles estarán pasando un fosforo encendido preparando el amanecer.


El violinista levanto las manos, estiro los dedos índices y los superpuso a las agujas perforadoras de la catedral quitándolas de su visión. Los pulgares sin llegar a tocarse, apuntaron al suelo, del otro lado del rio y sobre el quedo centrado el violista que se había sentado a observar la escena.

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