• Cronicas porcinas

EL MENTALISTA Y LA LUNA

* por Lucas Manjon

Hoy sigue siendo un lugar pequeño, gótico, vasco, vikingo e inglés al mismo tiempo.


El mentalista estaba apenas iluminado por la claridad anaranjada del farol ubicado a centímetros de la capilla de la 8 Rue Douer de Aquitania. La poca brisa que soplaba, traía el suave sonido del Nive, tranquilo y manso, siempre a compás.


Pocas luces quedaban encendidas en los departamentos de los edificios que surgían de las angostas veredas que encarcelaban la XX Rue Montaut. En esos edificios, la luz de los faroles dibujaba garabatos de colores, formando enormes telarañas de madera sobre las fachadas. Entramados rojos, verdes, azules y amarillos decoraban los exteriores de piedra y hacían jugar a la vista con asteriscos de metro y medio.


Por la 4 Rue Montaut los zapatos llevaban adelante la travesía de caminar el empedrado finamente cubierto de rocío, sorteando la humedad que lo hacía más resbaladizo que si hubiera llovido. Era una estúpida costumbre según Marie, pero noche tras noche, contaba los adoquines que lograba saltar en cada paso que daba. A la noche siguiente, intentaba recordar el adoquín que le permitió, afirmando solamente la punta de sus zapatos, avanzar y flotar en su trayecto. El intentar recordar el adoquín de la pisada de hace 24 horas, hacía sentir a Marie más ridícula todavía.


El mentalista nunca llegó a escuchar los pasos de Marie, las aventuras nocturnas le permitían flotar por Bayona pasando desapercibida.


Con los brazos sobre las rodillas, sentado en el cordón, el mentalista comenzó a levantar la cabeza y a recorrer con la mirada a Marie; primero los zapatos rojos, brillosos, con suelas de goma y después las rodillas, vestidas por el encaje del vestido blanco de algodón que cubría todo el bordado final.


La cintura se completaba con un pañuelo rojo de seda, que funcionaba a modo de cinto, justo debajo de los pequeños senos de Marie. Los hombros descubiertos de ropa, estaban cubiertos de pecas que iban desde sus codos hasta sus hombros, lugar en el que se concentraban y donde algunas se filtraban hacia su cuello. El pelo, a la altura de esos hombros pecosos, entornaba entre paréntesis unos finos labios que demarcaban una amplia boca y que generaban con alegría la sonrisa más hermosa del mundo.


Con las manos en la cintura, con una gran sonrisa y la mirada hacia abajo, Marie cubrió la luz naranja que antes iluminaba al mentalista. Solo le sonrió y lo observó.


El mentalista devolvió la mirada, deteniéndose detalladamente en los ojos verdes, casi intentando encontrar instantáneamente respuestas exactas a preguntas existenciales milenarias; todo eso podía generar la mirada verde de Marie. Fue a partir de ese instante que el mentalista solo fijó su mirada en los surcos que formaban los adoquines.


-¿Qué pasa mentalista? ¿Por qué estas triste? -dijo Marie.


-No estoy triste, no entiendo qué pasa.


Marie se agachó y se puso en cuclillas apoyando los codos en las rodillas y sosteniendo la cabeza con las palmas de las manos en la barbilla.


-¿Y qué no entiendes? -continuó Marie.


-La Luna. Estaba profundamente enamorado de ella, todos los días la miraba, le hablaba, le contaba las cosas buenas que me pasaban y escuchaba todos sus problemas. Todos la admiran, les gusta verla, pero yo realmente la amo.


-¿Y tú crees que la Luna te amaba a ti?


-Claro que sí –levantó la cabeza y con total sorpresa contestó el mentalista.


-¿Entonces? – consultó Marie sin un solo rasgo de incredulidad en sus palabras ni en su rostro.


-Ya no me ama más. No sé qué pasó, la he alabado cuanto ella quería, cuanto ella necesitaba y un día se cansó de mí, dejó de mostrarme el amor que quiero.


El mentalista comenzaba a dejar escapar algunas lágrimas y un fino hilo de voz acongojado cuando hablaba. Volvió a la posición que había mantenido durante horas, de apoyar la frente en los brazos y los brazos sobre las rodillas.


-¿Cómo sabes que la Luna ya no te ama más? -preguntó Marie con sorpresa.


-Lo sé, hace tiempo que lo vengo pensando, ya no le gusta mi compañía, ya no la conmueven mis serenatas o mis promesas de darle todo el oro y la plata que a mis manos llegue.


-¿La Luna ha querido eso alguna vez? ¿Te ha pedido el oro y la plata que llegara a tus manos? Se nota que eres mentalista.


Marie se puso de pie, pasó las manos por detrás de su vestido y se sentó en el cordón junto al mentalista. Tomó la chistera que él tenía a su lado y revisó su interior. Solo unos cuantos peniques, un alfiler de gancho y una llave chata.


-¿Por tus pocos peniques crees que la Luna no te ama más?


-Posiblemente –respondió el mentalista con un tono recompuesto de hombre superado.


-¿Creías que el amar a la Luna te convertiría en un Gregorio Magno o que podrías cambiar el Hallelujah que tenían tú y la Luna por promesas de oro y plata? Se nota que eres mentalista.


Marie estiró los brazos hacia atrás, estiró también sus piernas y comenzó a mirar hacia todos lados, sin buscar nada, solo esperando la respuesta del mentalista.


Después de unos segundos de espera, Marie preguntó: -¿Amas a la Luna mentalista?


-Claro que sí –respondió él, indignado.


-Entonces solo deja que ella te acompañe con su belleza, como lo ha hecho hasta ahora. Sigue escribiendo tus sonetos para ella, sigue dedicándole serenatas bajo su luz, y deja que la Luna se marche cuando no te ilumine. Si es tu amor verdadero, si no es más que amor, con solo tu pleitesía hacia ella, tu alma debería estar en paz.


-Yo quiero que ella esté aquí conmigo, que no me abandone –el tono del mentalista había pasado de una seguridad poco discutible a una vulnerabilidad e indefensión que solo se podría encontrar en un niño de pocos meses de vida abandonado en una cesta sobre el Nive.


-Está contigo mentalista. Fíjate que estamos con ella –Marie levantó su cabeza y observó a una Luna llena, como suele estar en el verano de Bayona– Te sigue observando, te sigue acompañando. Tal vez deberías dejar de pensar en el amor que le profesas y valorar su presencia frente a ti en los años en los que te ha brindado su compañía compartiendo la complicidad de saber que tu amor y el ella, cada noche se escabullen por las calles para disfrutarse a escondidas.


-A veces siento la confusión de mi amor y el de ella, –el mentalista miró a los ojos a Marie– mi mente me lleva a necesitar su amor, a sentir su luz noche tras noche. Las noches de soledad son tristes. ¿No crees que sean tristes las noches de soledad?


-No siempre. Puede ser una compañía importante la soledad –Marie también dirigió la mirada hacia él y tomó su misma posición, con los brazos sobre las rodillas y con la cabeza descansando sobre los brazos.


-Ella debe tener la necesidad de amar a alguien más. Cuando me di cuenta de todo el amor que por ella sentía, sabía que podría aislar mis sentimientos y volverme un mediocre egoísta que solo necesita su compañía, y eso no es amor ¿Pero entonces qué es Marie?


Marie intentó no demostrar sorpresa al escuchar de los labios del mentalista su nombre. Lo había visto muchas veces en el pueblo, con su corta estatura, con el frac que llegaba a ser dos talles más grandes del adecuado para su cuerpo, con su chistera maltrecha y los desesperados intentos de leer la mente por unos simples peniques. Ella siempre observando a distancia la reacción de la gente cuando el mentalista, sobre su cajón de madera, llamaba a desafiar las mentes de todo habitante o viajante que pasara por Bayona. Tal vez era amor lo que el mentalista sentía; tal vez era amor lo que Marie sentía. Solo la Luna era juez y parte de esa situación. Quizás el mentalista no tenía ningún don y Marie era tan mentalista como él creía serlo.

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