• Cronicas porcinas

GOLPE DE SUERTE

* por Lucas Manjon


Recluido contra las cuerdas, embrionado sobre su torso, con la cabeza sacudiéndose hacia todos lados entre los antebrazos que servían de tibia contención, la transpiración, la sangre y la vaselina creaban una sustancia que iba cubriendo el cuerpo de Patxi. Los golpes venían uno tras otro, pero uno de ellos fue el que inició el cambio que se generaría en su vida. El puño derecho del boxeador argentino que impactó en la mandíbula del pugilista vasco generó su rotura. El dolor se había convertido en algo inexplicable. El golpe había entumecido todo el sector izquierdo del rostro de Patxi, y la mandíbula trabada hacía imposible poder escupir la sangre que brotaba de los cortes de los tres rounds anteriores. La sangre corría entre el protector y los dientes y se desplazaba sin control hacia la garganta, que sumado al dolor que generó la luxación de la mandíbula, limitó la reacción del boxeador y solo le permitió cubrirse con los únicos nervios que en ese momento seguían funcionando en su cerebro.


El final llegó antes de que el referí grite diez. Patxi sabía que no podía levantarse después de haber desplomado sus 92 kilos en la lona del Metro Radio Arena Newcastle. El golpe en los riñones había dado por terminado los sueños del boxeador vasco y el de los amigos del bar Monbar de encontrar una excusa para compartir dos pintas más de cerveza.


Decidió volver por las mismas calles que había caminado antes de viajar a Inglaterra, la Rue Estagne lo había visto por las noches meditar y encomendarse a quien sea que pudiese brindarle protección a su cuerpo y a sus sueños.


Desde que subió por primera vez a un cuadrilátero supo que los golpes, el dolor y las frustraciones serían la mayor parte de ese camino. Pocas veces uno transita una pasión y sale sin marcas, el boxeo es, tal vez, la mayor expresión de los golpes y frustraciones. Patxi desde los 11 años sabía que su vida pugilística estaría determinada por golpes, golpes que duelen en los órganos y golpes que duelen en el espíritu.


Además de los faroles callejeros color naranja, la única luz encendida en las casas de la Rue Estagne era la ubicada sobre la puerta roja donde vivía la pastelera Neleya. Sentada en la vereda sobre un banco de madera que improvisaba esta mujer de 65 años, de una fina contextura que permitía seguir apreciando un hermoso cuerpo, llevaba una rutina que había tomado desde hace unos 23 años. Al pasar sobre la puerta roja número 13, Patxi levantó la mirada y observó a Neleya que estaba con una pava y un mate. La pastelera lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja, lo cual inquietó al boxeador que no había alcanzado el día anterior el título del mundo. Caminó unos pasos más sin quitar la mirada sobre Neleya, quien tampoco retiraba la mirada y la sonrisa de él. Patxi corrigió su marcha y se paró delante de la mujer, que permanecía sentada y sonriendo.


-No creo que puedas intentar tomar un mate –fueron las primeras palabras de la pastelera.


-Entonces también viste mi fracaso –contestó el boxeador.


Neleya tomó la pava y cebó un nuevo mate.


-No creo que lo debas llamar fracaso, más bien lo llamaría opción y desenlace.


-¿Opción de qué, mujer? Perdí mi oportunidad, los sueños por los que tanto trabajé se esfumaron cuando mi riñón y mi mandíbula se estrujaron.


-Pero eso no es un fracaso. Decidiste subir a golpear y ser golpeado como lo habías hecho muchas veces, subíste a marcar la diferencia de toda una vida de trabajo en un segundo –Neleya tomó el mate que ya había cebado– Se debe tener mucho coraje para definir la pasión en un segundo, y tú tuviste coraje, como lo tuvo el argentino.


Patxi apoyó en el piso la pava que estaba sobre un banquito y se sentó en él.


-Ya no sé qué hacer, mujer. Son más de 15 años esperando esta oportunidad y se esfumó, este sistema no da segundas oportunidades.


-Seguramente te gustaría un mate, ayuda al espíritu –Neleya echó a reír y cebó otro mate amargo, como le había enseñado su marido uruguayo.


-Hasta ayer, sabía que a la mañana me levantaba con un propósito, hoy ya no está –el tono de voz de Patxi era visiblemente cadavérico, vacío, negro.


-Mentira, eso sabes que es mentira –Neleya tomó el mate.


Pasó de cadavérico a sorpresa total el estado del tono de voz. Nunca había hablado, y los segundos posteriores a las silabas “ti-ra” se convirtieron en el llano pensamiento de darse cuenta que estaba hablando de su fracaso con una mujer con la que nunca había cruzado palabra, y que en ese mismo momento se permitió pensar que jamás hubiese hablado pero, en fin, lo estaba haciendo.


-¿Qué sabes tú de boxeo? –preguntó Patxi.


-De boxeo sé muy poco, boxeador. Sé de pasiones y eso sobrepasa al boxeo.


Neleya tomó la pava y cebó otro mate. Corrió apenas la bombilla, que era un pecado para una buena cebadora, y miró a Patxi que estaba ya con la capucha de su buzo en la cabeza, mirando las no-veredas características de la petit Bayona y acariciando su mandíbula fisurada.


-Nunca hemos hablado, particularmente hablo con poca gente en el pueblo, pero puedo saber que cuando eras pequeño subiste a esa lona con cuerdas sin mayor rumbo que subir y disfrutar de lo que aprendías a hacer. Recibías y dabas golpes, aprendías a cortar el espacio que había con tu contrincante, a respirar, a soportar el dolor, a esperar, a avanzar y a saber que una milésima de segundo podía ser definitiva. Creciste soportando golpes, recortando privilegios, maximizando esfuerzos, contando cada gota de sangre y sudor que recorría tu cuerpo. Con frío, con calor, con dolor, con agujeros en el alma por la vida cotidiana que tiene cada uno de nosotros. Y eso te forjó, te dio el molde que hoy tienes para animarte a subir a un cuadrado para definir el éxito o el fracaso en milésimas de segundo y a través de los golpes, y mañana o en lo que tarde en sanar tu mandíbula y tus riñones volverás a ese gimnasio, con el recuerdo en carne viva de los golpes en tu cuerpo, a seguir haciendo lo mismo que hace 15 años– Neleya cebó un mate más – ¿Y sabes por qué?


Patxi levantó la mirada y la fijó en los suaves ojos marrones de la pastelera.


-No, ¿Por qué?


-Porque es tu pasión y las pasiones no se derrotan en ningún cuadrilátero, el espíritu nunca sale derrotado –contestó Neleya.

4 vistas

​© 2020 by CABEZA DE MACETA

  • Instagram