• Cronicas porcinas

LUCHA DE GIGANTES

* por Lucas Manjon

HUMANOS Y GIGANTES

(LA FANTASÍA)


Noche típica de Junio en Caballito: baja humedad, suaves brisas frías en aumento que anticipaban tormenta y parejas que caminaban en compañía de sombras, Caballito estaba demasiado típico. Una casa colonial, en medio de un mundo de cemento se convirtió en un oasis para respirar los últimos resabios de aire puro que quedaban en la ciudad, con un patio obviamente acorde al resto de la casa que sólo se alumbraba de un tintinear de luces navideñas colgadas en hierros decorativos de un enorme zaguán que antecedía cada ambiente de la casa. En esos mismos hierros colgaban guirnaldas mexicanas de varios colores, estridentes en su mayoría y con figuras de animales caladas.


- Cuidado con el gato - le advirtió Clara.


El caminar entre penumbras y en ese estado de nervios se convirtió casi en una tarea casi imposible si encima se le sumaba la difícil tarea de no aplastar al gato negro de la casa, que se rondaba por todos los techos vecinos sin la menor preocupación por la propiedad privada, algo inviolable y que hasta un animal de cuatro patas, peludo y de origen mexicano (como las guirnaldas) debía respetar.


- ¿Queres algo para tomar?

- No, gracias – respondió rápido y atolondradamente, aunque en realidad quería tomar lo que sea. Las papas, las cervezas, los cigarrillos durante camino y el beso en la vereda lo habían puesto nervioso y con la gola entre aserrín.


Ahí estaba sentado en un restaurado baúl fumando otro cigarrillo, creo que era el quinto o sexto desde que salieron del bar. Cuando llegaron a la casa colonial iluminada de luces navideñas con guirnaldas típicamente mexicanas lo había prendido, sentado en el restaurado baúl mientras miraba cómo Clara se servía agua, le dio la segunda pitada; mientras Clara llenaba de agua la botella de estilo lechero, la tercer pitada; recorrió con la mirada hasta perderse en los contornos de la cintura del pequeño y delicado cuerpo de Clara que se inclinó para beber el vaso con agua de un solo sorbo, otra pitada. Siguió sentado en el restaurado baúl con los codos sobre las piernas y la colilla del cigarrillo en la mano. Cuando el metro cincuenta y dos de altura que daban forma a los 48 kilogramos de masa corporal se paró delante de él, mirándolo desde arriba, levantó su cabeza y entregó una sonrisa que logró inundarle los pulmones de aire con una sola inhalación, causa que dio reacción eléctrica a los músculos de los miembros inferiores, los cuales se pusieron temblorosos por la intensa actividad de las endorfinas. Pero esa sonrisa lo llevó a levantarse, tomarle el rostro y besarla con una intensidad similar a la que sintieron los héroes de los relatos homéricos ante cada epopeya. Las manos recorrieron todo el cuerpo, bajaron desde las mejillas de Clara hasta sus hombros, siguieron por los brazos, cruzaron toda la espalda y se aferraron a las caderas para impulsar las piernas y así quedar abrazados en las alturas, con besos atropellados, ahogos tibios y palabras que morían antes de nacer. La habitación totalmente a oscuras, llena de libros de Taschen, López Anaya, Kandinsky y por encima uno de Janisch sobre los miedos que brilló por el resplandor que ingresó del tintinear de luces navideñas colgadas en los hierros decorativos en el zaguán. El parquet, que dio estabilidad a los cuerpos, el de él en tierra y el de Clara sujeto al pecho, crujió ante cada paso que él daba. El piso de madera acompañó cada movimiento que realizaban con un sonido chirriante de maderas flojas e infladas rozando entre si. Con acrobáticos movimientos, la campera de cuero negro de Clara acompañó los pasos marcados en el piso, la transpiración cubrió el cuello y descendió por la espalda lentamente, los labios se atropellaron a besos, mientras la respiración se volvió cada vez más intermitente.


Desesperadamente le intentó desabrochar el cinturón aunque no quería que Clara se desprendiera de su pecho. Suavemente la recostó en la cama, los labios se atropellaron a besos y la ropa fue encontrando espacios por todo el piso de la habitación a oscuras llena de libros. Sus dedos se perdieron entre la cabellera de Clara, los ojos de Clara se clavaron en sus ojos verdes vacíos, las manos recorrieron los pechos y los caderas de Clara haciendo enardecer el cuerpo ante cada roce, los cuerpos desnudos entibiaron el colchón que antes estaba frío. Fueron solo ellos dos, dos pequeños cuerpos en una eternidad haciendo el amor.


Los cuerpos desnudos sintieron el calor del colchón y el aire frío del ambiente. La lluvia cubrió todo el piso formando pequeños charcos en todo el patio y el gato negro de origen mexicano miró el raudal de gotas caer desde la protección que daba el zaguán; ya no se encontraron solos en la habitación a oscuras llena de libros. Clara se levantó, tomó una Ipad que había sobre una cómoda; “Blue in green” de Miles Davis envolvió toda la habitación a oscuras llena de libros. Se miraron, la yema de los dedos de Alejandro descubrió cada rincón de piel como si fuera un suave lienzo de tela, se besaron, Clara recorrió una y otra vez sus mejillas imperfectas que crecieron ante cada mirada que devolvió Clara y lo hizo sonreír; se hablaron, pero siempre en silencio.


(LUCHA DE GIGANTES)

El “ahora que” los atiborro, encerró a dos gigantes en celdas de oro, por intentar comportarse como personas. El aire ya no fue respirable para humanos y las bestias que se ocultaron en las sombras esperaron pacientemente llevar adelante su cometido. Los gigantes no sueñan, los gigantes a veces tienen pesadillas, pero nunca tienen sueños. Los gigantes se apoyan en la razón de como crear el mundo, de como hacer funcionar esos elementos, pero no pueden corregir o modificar el espacio que a ellos los envuelve. Se quedaron en la habitación viendo la lluvia que los dioses le enviaron para poder sacralizar ese especial momento. Los gigantes no sueñan pero viven momentos de felicidad y es ese momento cuando los diablos desde la sombras desciende en sigilo y toman posesión de la razón y el sentimiento, valor o don que solo debía encontrarse en los humanos. Esos dos gigantes intentaron vencer el tiempo, el cual había sido creado por los dioses en una enorme pelea entre ellos mismos. Nunca pudo ser controlado por los gigantes y este caso no fue la excepción. Dos gigantes y una gato negro de origen mexicano como testigo batallaron contra los dados lanzados por los dioses, las bestias esperaron cubiertas por las sombras y dejaron que el tiempo desarrolle su acción sagrada y natural, al fin y al cabo todos fueron creados por los dioses, nada iba a fallar.

Fueron los dos cuerpos mitad humanos mitad gigantes más complicados del mundo y el tiempo les dijo que no debieron enamorarse, porque los gigantes no dan batallas de humanos.


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