• Cronicas porcinas

PARMI BIÈRES

* por Lucas Manjon


Ya era de madrugada e Iñaki estaba descalzo juntando las mesas del bar que durante horas habían servido para amenizar reuniones de amigos, de trabajo, romances en estado líquido, romances que pasaron a estado gaseoso, a solitarios del café y señoras amantes del té en hebras.

 

La temperatura media en invierno rondaba los seis grados pero ese jueves había descendido a menos uno y la única calle que congelaba el rocío en la ciudad era la del bar Le Cardinal. Pese a esto, su mozo Iñaki se negaba a ponerse nuevamente los zapatos para juntar las mesas del exterior porque le incomodaba; había estado limpiando los baños y ayudaba a Josu a baldear los pisos, con la horrible fragancia a pino que el encargado decidió comprar para abaratar costos, con un nivel de categoría para la elección del aroma comparable al de los horribles croissant de la pastelera que vivía en la puerta roja de la Rue Espagne.


Iñaki saludó al orfebre y al mentalista de Bayonne que pasaban por la puerta del bar. El cocinero se había asomado desde el fondo del local y con los dedos índices de cada mano hacía un chiflido para invitar a Iñaki a que entre. En sus manos, dos en cada una, llevaba cervezas “Trois – Monts”.


El bar tenía las características históricas de la petit-ville, parecía que el Renacimiento nunca hubiese desaparecido en el tiempo, con la fachada de madera, con guardas azules como telarañas que surcaban el frente, y la luz naranja en las veredas. Todo el interior también estaba recubierto de madera con detalles de Haya (siguiendo el escaso gusto del encargado) en abundante barniz.


Después de saludar a los caminantes, Iñaki metió las dos mesas que todavía quedaban en la calle.


Quand il me prend dans ses bras Il me parle tout bas, Je vois la vie en rose.


Josu salió del baño con un balde de helado viejo, un secador y un trapo de piso. El cocinero destapó sobre la barra, también de madera, las cuatro cervezas, mientras el encargado terminaba de separar en montones los billetes de cinco, diez, cincuenta y cien.


-¿A qué hora empieza la pelea? –preguntó Josu.


-Son cinco horas de diferencia –el cocinero miró hacia el techo intentando que los pequeños mosaicos que adornaban un sector se convirtieran en una calculadora–así que daría más o menos las dos de la madrugada de acá.


-Entonces tenemos tiempo para terminar las cervezas y caminar hasta el hotel -firmó Iñaki.


-Terminen la cerveza, limpien la cocina y pueden irse. No crean que acá porque pelea su amigo van a decir “gora” y se van a ir –concluyó la reunión el encargado.


Dieron un sorbo largo, dejaron la cerveza en la barra y se fueron al fondo a limpiar la cocina.


Des nuits d'amour a ne plus en finir

Un grand bonheur qui prend sa place

Des enuis des chagrins, des phases

Heureux, heureux a en mourir.


Con una rápida acción en conjunto pudieron limpiar y acomodar en tiempo record la cocina, tomaron el último sorbo de cerveza ya tibia, saludaron con un ademán al cocinero y al encargado, y salieron a la única calle del pueblo que congela el rocío.


-Putza! A ze nolako hotza egiten duen! ¿Qué fecha es hoy? –preguntó Josu.


-No hables así acá. 24 de Septiembre, fecha en la que pelea el gran campeón –Iñaki sacó dos rápidos golpes a los fantasmas– ¿Cómo será subir a un cuadrado de lona con cuerdas para recibir golpes en la cabeza y en los riñones?


-Prefiero unos golpes que una bala –dijo Josu haciendo ademanes de negación con la cabeza – definitivamente prefiero los golpes.


Los dos compañeros y amigos de Le Cardinal ya habían llegado hasta el río La Nive cruzando por el Pont Marengo y estaban frente a las paredes gastadas de color trigo del Musée Basque.


-Mañana también juega España, tenemos que poder verlo en algún lado.


-Seguro en el hotel, lo deben trasmitir –Iñaki sentía el frío en los huesos y miraba cada bruma que salía desde su garganta al hablar.


-¿Cuánto hace que nos conocemos Iñaki? –preguntó Josu.


-Menos de lo que tienen de vida estas paredes –mientras golpeaba con la palma abierta las paredes color trigo y manchaba sus manos de amarillo.


-¿Veinte años podríamos decir? –volvió a preguntar Josu.

-Más o menos Josu, ¿A qué viene todo esto?


-Pensaba en el paso del tiempo, y en que todas esas cosas quedan en un limbo. Hace veinte años que te conozco, siete más de esos veinte hace que respiro, doce años que con estas manos recorrí a una mujer por primera vez, catorce que probé mi primer cigarrillo, quince que me fui de botellón y me emborraché, y en todo eso, sin estar ahí físicamente, en esa fracción de tiempo, fracción de veinte años, estas vos.


En este lado de la petit-ville las fachadas no tienen telarañas de madera, la piedra desnuda de los frentes solo tiene detalles en las ventanas y las puertas pintadas todas de color rojo. Cuando uno toma la Rue Pontrique, lo que del otro lado del La Nive eran telarañas de madera, se transforman, sobre algunos edificios, en barras enormes horizontales y perpendiculares de distintos  colores. Una Luna en compañía de nubes vigilaba el caminar de Iñaki y Josu.


-¿Y qué te dice el tiempo sobre nuestra amistad? –cuestionó Iñaki.


-No mucho –se echó a reír.


-Mentira hombre, dice mucho. Ponte a pensar. Nosotros nos criamos juntos, los primeros recuerdos de un partido de futbol o lo más parecido que pudo haber de eso fue juntos; uno de portero en un arco de piedras, otro intentando convertirse en el pichichi de la cuadra a base de trapo, zapatos negros y sueños del Athletic en el alma. Te acompañé a tu primera cita, me reí atrás de una pared por lo que fue tu primer cachetazo, los primeros libros de nuestro pueblo pasaban entre nuestras manos y hoy estamos acá, juntos cada uno con sus cosas, con proyectos propios y con proyectos comunes.


Se notaba en la voz de Josu la emoción que generaba revolver la memoria y expulsar productos del pasado estancados en el presente, en ese limbo que archiva los placeres y dolores.


Ya veían las paredes blancas con ventanas venecianas de color bordó, el cartel con el nombre Monbar que separaba al bar del hotel que era aplastado por tres pisos de habitaciones. El 24 de Rue Pannecau sería parte de ese limbo que Iñaki y Josu formaban en conjunto; sin saberlo en ese lugar se daría el último placer que se incorporaba antes de destruir el limbo.


-Vas a seguir sumándote a mi tiempo y entre los dos vamos a seguir incluyendo cosas al limbo que creamos. Fijate que es mí tiempo, es mío, con mis placeres y mis dolores, pero desde ese 11 de Abril, ya hace más de 20 años, formas parte de mí tiempo. Y de tu tiempo, que es tuyo, con tus placeres y tus dolores, yo también formo parte. Entre esos tiempos con sus placeres y dolores se forma nuestro limbo, el nuestro, como también se forma el tuyo con tu mujer, el mío con mi hermano, el de mi hermano con su amigo y así le pasa a todo el mundo, hasta a los fascistas –continuaba Josu con su reflexión.


Entraron al bar y se sentaron en la mesa más próxima al televisor que estaba anunciando la pelea de Patxi Madariaga y un boxeador argentino de nombre Oscar. Iñaki levantó la mano para pedirle dos pintas de cerveza al hombre que estaba detrás de la barra.


-Iñaki, piensa en esto. Todo lo que nos fue llevando a formar este limbo, lo condujo la vida, nuestros padres, el pueblo, la escuela y el futbol de la cuadra al principio; no teníamos forma de negarnos a compartir ese tiempo, pero lo hicimos nuestro y a partir de cierta edad, cuando nos empezamos a reconocer en eso que elegimos, como la lucha de nuestro pueblo, es que pudimos darnos cuenta que compartimos la vida y que tal vez compartiremos la muerte, y eso es algo que nunca nadie podrá contaminar.


El mozo alcanzó los dos vasos llenos hasta el tope con medio litro de cerveza, cada uno tomó su vaso, se miraron a los ojos y los chocaron.


-Damas y caballeros hoy es una noche especial, dos gigantes se baten a duelo en la que será una noche épica y que quedará en el recuerdo de todos los presentes y los telespectadores. Graben esto en su memoria, solo el tiempo podrá borrar de su mente la batalla que aquí se llevará a cabo –anunciaba el relator en la televisión.


El tiempo que había generado la amistad de Iñaki y Josu, construyó un limbo de placeres y dolores, y ahora una batalla pugilística se convertiría en el último placer del que ese limbo se nutriría.

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